El Papa León XIV hace brillar la Sagrada Familia

Inacabada pero siempre viva. La Sagrada Familia ha vuelto a mostrar que la religión en Cataluña, España, nunca muere, y ha sido con la visita del Santo Padre León XIV quien la ha hecho brillar más que hasta la fecha, y no es decir poco.

A las 19:16hs el interior de la Sagrada Familia, bosque de piedras y vidrios, jardín botánico de paramecios, se fundía en un aplauso sereno. En las pantallas aparecía el Santo Padre, que bajaba del Papamóvil a las puertas de la basílica, recibido por Sus Majestades, Felipe y Letizia, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y Salvador Illa, presidente autonómico. Varios centenares de sacerdotes flanqueaban los laterales del altar, y teñían con el blanco de sus casullas el festival de colores ideado por Gaudí. De su mañana en Monserrat a la tarde en la Sagrada Familia –ideada como una cordillera con dieciocho cimas–, León XIV ha recorrido este miércoles una ruta de senderismo espiritual por los dos epicentros de la fe en Cataluña

Después de los saludos protocolarios, León XIV ha visitado el edículo y taller de Antonio Gaudí, donde una niña invidente le ha mostrado una pequeña maqueta de la torre de Jesucristo que bendeciría al final de la jornada. Todos los ojos puestos, dentro y fuera del templo, en las pantallas instaladas para seguir la escaleta de una Eucaristía ya bordada en la memoria de Cataluña. Entraba entonces el Santo Padre en la cripta, acompañado de monseñor Omella y del Rector de la parroquia, mosén Josep Maria Turull. Su oración discreta ante el Santísimo y la tumba de Gaudí despertaba el interés de todos. Un Papa arrodillado ante el creador de la basílica; el ‘Ipse Christus’ postrado ante el artífice bendito de este Edén de piedras claras.

«La Sagrada Familia es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es como la Ciudad Condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo», ha comenzado diciendo.

Tirando del hilo con la misma idea poderosa –que a esta basílica le quedan todavía, por lo menos, otros cien años–, ha predicado: «Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo. No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no  es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama».

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